viernes, 8 de diciembre de 2017

Un "amigo" no tan invisible


Reconozco que nunca creí en la invisibilidad de la amistad. Desde pequeño la experimenté en algunas personas con las que sintonicé de una manera distinta. Recuerdo aquello que un maestro no tuvo que repetir demasiadas veces para que se quedara grabado en la memoria: “a los hermanos no los eliges tú, a los amigos sí”. Quizá por eso la invisibilidad la he asociado siempre a un juego o a una estrategia de persuasión, de admiración, más que a la concreción de la amistad.
No sé qué diría aquel maestro si contemplase hoy lo que hacemos con la amistad, la invisibilidad y el mercadeo consumista. No entiendo, ni entenderé nunca,
que perpetuemos en el tiempo un modelo de relaciones que se asiente en el consumo y lo fomente. Es verdad que la publicidad hace su trabajo y que nos han hecho creer que sin el regalo (material) no parece que se produzca un reconocimiento de las relaciones de amistad. Nos hemos rendido a un nuevo dios, al que hemos encumbrado al altar más alto. Un dios por el que somos capaces de renunciar a lo que somos y a nuestras aspiraciones más profundas. Tal es el engaño, que nuestro tiempo, nuestro ocio, nuestras relaciones y nuestra propia interioridad se las hemos cedido al nuevo dios Dinero.
No es raro encontrar en nuestros centros educativos en vísperas de Navidad, el inocente juego del “amigo invisible”. Reconozco que por muchas razones me chirría esta estrategia en centros que educan para transformar la realidad y que en estos momentos del año se hallan inmersos en la recogida de alimentos para hacer que las navidades sean más llevaderas para aquellos que sufren de manera más dura el azote de la pobreza en su entorno. Me chirría cuando lo hacen los grupos de catequesis; en los grupos de parroquias, en claustros y trabajadores de empresas…
Es cierto que la escuela, como institución que debe generar transformación de la sociedad, habiendo asistido en los últimos años a la terrible desigualdad generada por un modelo económico excluyente, debería ser modelo que siembre las bases de otro tipo de civilización que favorezca relaciones basadas en otros valores distintos a lo económico, pues acabamos convirtiendo el medio en un fin, el regalo en un objetivo, la amistad en una financiera y el compañerismo en un mercado.
A nadie se le escapa que las amistades se buscan, se logran, se cuidan y se mantienen con tiempo, dedicación, generosidad, afecto, entrega y compromiso, mientras con dinero se genera servidumbre, traición y desigualdad. Cada educador deberá valorar qué es lo importante cuando educa… ¡Cuántos alumnos se sienten maltratados por sus compañeros y perciben como una losa que le impongan el regalo del amigo invisible! ¡Cuántos compañeros de trabajo son tratados desde la desigualdad y viven cada día como un desafío ante sus compañeros y les gustaría rebelarse ante esta estrategia comercial de regalar por obligación! Las amistades, por si solas generan detalles, que en ocasiones son materiales, pero que solo enriquecen y son sinceros si brotan de la verdad, no de la apariencia ni de la imposición.
Por eso quizá debamos inclinar la balanza por otro tipo de recurso que genere buen clima en el aula, en la empresa, en el claustro, en la parroquia, … en el mundo. Porque el modelo económico en el que hemos anclado nuestro desarrollo y, en consecuencia nuestro valor como humanidad, es absolutamente perecedero, injusto, excluyente y mentiroso. Las verdaderas relaciones sociales, económicas, laborales, etc… tienen un valor supremo, no hay cifra suficiente que pueda ahogarlas en ceros. Lo que está en juego es el modelo de vida que queremos para las próximas generaciones, el impuesto por esta sociedad de consumo con fecha de caducidad y que excluye a una parte muy importante de la población y la convierte en objeto de consumo, o un modelo que aliente la fraternidad, el tiempo como valor  y la felicidad como motor. De nosotros depende.

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