martes, 24 de noviembre de 2015

Lo que no parece ser como es...


Como era de esperar, hoy era día de comentar los atentados del viernes por la noche en el vecino país de Francia. Trágico, terrible, sin sentido ni razones, pero algo hay que hacer…
La propuesta de guardar un minuto de silencio es, sin duda, recurrente. E inevitable, diría yo. A la vez, creo que es necesario. La sociedad y las jóvenes generaciones deben aprender mucho de sensibilidad ante el dolor del otro, porque si hay algo que nos une como seres humanos es la vida y la muerte. Los sentimientos que se producen ante esos hechos crean lazos que construyen puentes, todo lo contrario a lo que cualquier acto de violencia, verbal o física, pretende construir. Así que dimos rienda suelta al minuto de silencio, pero dejando bien claro que dicho silencio no era sólo por las víctimas de los atentados del viernes negro de París, sino por todas las víctimas de estos actos tan execrables que se están reproduciendo en numerosos lugares del planeta.
El acto ha salido genial. He visto los rostros de las personas pensativos, encogidos, paralizados por no sé cuántos sentimientos que se entremezclan y que acaban haciendo latente un acto de solidaridad humana. ¡Realmente impresionante! ¡Setecientas personas en un silencio interpelador!
Pero hoy me pareció fascinante la respuesta del profesor de sociales y ética a los actos terribles de París, Líbia, Turquía, etc… Comentó en el café que en estos días el corazón de los jóvenes estaba más receptivo que de costumbre y que de las experiencias reales se aprende más que de la fantasía que cada día cuenta en el aula.
Ni corto ni perezoso se dirigió al aula. Esta vez no llevó libros, ni su ordenador de trabajo ni el estuche de bolígrafos, pinturas y la solapa llena de pendrives, uno para los audiovisuales, otros para los documentos de clase, otro con los cortes de películas y otro para la recogida de trabajos de los alumnos. Esta vez iba sólo, con la experiencia vital y la conexión a internet del aula, suficiente para sacar los tres o cuatro recursos que utilizaría.
Cómo era de esperar bastó una palabra para que el alumno-speaker del grupo 2 de cooperativo de clase levantase la mano e inquiriese una pregunta: “nos puedes explicar porqué ha ocurrido lo de París”. Menuda pregunta – pensó el profesor. Aunque cierto es que sabía que así iba a ocurrir, como si la noche anterior, frente al ordenador, hubiese estado escribiendo el guion. Sin embargo, el profesor decidió no cambiar el guion de la clase. In mediatamente pasó lista y tras certificar que no faltaba ningún alumno a clase, se sentó en el borde de la mesa.
Pensativo dirigió a los alumnos una rotunda información que levantó la expectación de los siempre distraídos del grupo 5: “Tras un fin de semana de profundo trabajo de reflexión, de volver a releer las notas de geografía económica de la semana pasada, creo que he encontrado una solución para que nuestro país se olvide de una vez y para siempre de esta maldita crisis económica”. Los alumnos se quedaron asombrados. ¿Sería capaz su sencillo profesor de encontrar una solución real a esta crisis que a tantos padres de alumnos había dejado en el paro en edades tan delicadas?
El grupo 3, tan apático muchas veces giró de golpe las cabezas y con atención y rompiendo las reglas del juego de la participación, levantar la mano para intervenir, exclamó: ¿y cuál es la solución?



Por un momento los alumnos se olvidaron de la pregunta inicial de la clase. Atrás quedaron los interrogantes por los graves atentados de París. Inmediatamente el profesor comenzó a explicar cuál era el verdadero lastre de la economía del país. Tras encender el proyector de clase abrió una página en el ordenador del aula para mostrar a los alumnos los presupuestos generales del Estado. En ellos se podía ver, en un llamativo color verde, que el gasto que destacaba por encima de los demás se refería al pago de las pensiones. La cifra era astronómica. Ni por asomo se imaginaban los alumnos que la pequeña pensión que sus abuelos cobraban constituía una cifra tan desproporcionada al sumar el total de todos los jubilados durante un año. Increíble. En ese momento una voz tímida suspiró al fondo de la clase un taco seguido de una frase inequívoca: “con eso si que se acababa la crisis”.
¡Exacto! Ahí quería llegar el profesor. Esta es la solución. Los trabajadores de nuestro país se pasan una larga vida trabajando y aportando a la sociedad. Sin embargo una vez jubilados suponen un lastre difícil de soportar. Cada vez hay menos trabajo y hay que trabajar más tiempo, ya casi sin salud. Por ello he pensado que la mejor solución a la crisis es esta:
“Mi propuesta es que los ciudadanos trabajen hasta que hayan cumplido los 62 años, en vez de los 67 actuales. De este modo las personas pueden acabar antes su vida laboral y disfrutar de la jubilación con una salud aceptable. Igualmente necesitaríamos la incorporación de los jóvenes al mercado laboral, por lo que la tasa de paro descendería notablemente. Sin embargo, debido a la gran esperanza de vida y al elevado coste que supone el pago de las pensiones, así como los tratamientos médicos a las edades a las que afloran los problemas que necesitan mayores cuidados, he decidido que cuando las personas cumplan los 67 años el estado aplicará la eutanasia, de este modo garantizaremos que el estado de bienestar sea estable y duradero sin sobresaltos ni crisis económicas, las cuáles se verán reducidas progresivamente por el remanente que se generaría del pago de impuestos, directos e indirectos, así como de las cotizaciones a la Seguridad Social”.
Los alumnos se quedaron de piedra. No hablaban a pesar de lo descabellado de la idea del profesor. ¿Cómo es posible que este profesor haya pensado esto? – comentaban  en el grupo cuatro. Nadie decía nada, pero alguno ya pensaba en el funeral de la abuela. Este tirano pretende acabar con la vida de mis abuelos, pensaba en silencio el rubito del final de la clase.
EL profesor no se amilanó e interrogó a los alumnos: ¿Qué pasa? ¿Es que no os gusta la solución? ¿Es viable y daría resultados el segundo año de su aplicación? Claro, el primero no, porque habría que hacer una gran inversión inicial en los preparativos y administración de la eutanasia… Y así siguió argumentando durante dos minutos. Hasta que la joven de la primera mesa levantó tímidamente la mano e interrumpió el ánimo del profesor: - ¡pero esto no puede ser, profesor! ¡Es una barbaridad! ¿Qué valor tiene la vida humana?



Gracias, Andrea – contestó el profesor. Esa es la lección de la vida de cada día, pero especialmente de hoy. Ante la barbarie del terror no cabe la barbarie de la venganza ni de la fuerza militar. Ante la sinrazón sólo cabe la unidad y la razón. Yo no quiero un estado de bienestar asentado en la sangre de los que han construido esta sociedad, pero tampoco una civilización que crece indefinidamente con las manos manchadas de nuestra propia sangre, porque somos la misma especie. No quiero petróleo con machas rojas. Ni que las bolsas suban a costa de la sangre que derramarán las armas que vendemos y fabricamos. Yo quiero otro mundo y creo en el ser humano, el único capaz de construir un mundo que se asiente en otros cimientos. Los cimientos sobre los que estamos construyendo, no nos valen, porque no nos aportan valor alguno...

Sonó el timbre y a pesar del silencio de la mayoría de los alumnos, el ruido de las sillas disipó el interés momentáneo… El profesor recogió sus cosas y se encaminó, con la cabeza baja a la siguiente clase… “la semilla cayó en tierra fértil”, - pensaba de camino…

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