miércoles, 10 de diciembre de 2014

Y a la hora de evaluar...



En estos días todos los docentes de este país emprendemos la ingente tarea de evaluar. Y digo ingente porque tengo la sensación de que en esto andamos un poco perdidos. Pero claro, puede que a algunos esto le suene mal. Así que me explico. Evaluar no es el simple protocolo de poner notas, sino el complejo proceso de ayudar a un menor a avanzar en su progreso integral.

Y he aquí el problema. Entender que es un proceso complejo que afecta a la totalidad del crecimiento del niño es la tarea que debemos centrar en nuestro trabajo evaluador.

Asisto a numerosas sesiones de evaluación en los que se resaltan las dificultades sin haber puesto sobre la mesa previamente medidas que puedan poner remedio a las deficiencias que se detectan. Con excesiva facilidad resaltamos los problemas derivados de situaciones familiares, pero me pregunto, ¿como docente qué hago yo para corregir, enmendar, solucionar, hacer crecer y progresar a uno de los niños que nos han sido confiados?

Seguramente no todos los problemas tienen una única causa y, en ocasiones parece que el problema siempre viene de fuera. Y qué miedo tenemos muchas veces a evaluar, o mejor dicho, a que se nos evalúe. Miedo ¿por qué? Miedo que salvaguarda nuestras pequeñas seguridades. Miedo a que se ponga en tela de juicio nuestro quehacer diario.

Ojalá entendamos que evaluar no es más que la herramienta insustituible para mejorar cualquiera de los procesos del sistema educativo. Si no evaluamos no sabremos encontrar la clave para mejorar. Si no evaluamos acertadamente daremos palos de ciego. Y en educación, cuando se dan palos de ciego, corremos el grave riesgo de dañar a personas indefensas y en proceso de desarrollo.

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