viernes, 4 de mayo de 2012

¿Por qué a mí?

Cuando hablamos de educación seguimos teniendo numerosas áreas suspensas. Quienes nos dedicamos día a día a esta tarea con niños y adolescentes podemos presumir de una cosa, al menos nosotros si somos conscientes de la dificultad de hacer que estas generaciones aprendan con interés, pero también que la legislación educativa de este país sigue sin dar en el clavo. El interés en la formación propia aparecía en los años 60 y 70 del pasado siglo. Quienes estudiaron en aquellos movidos años tenían muy claro que si no estudiabas las posibilidades de desarrollo personal y social serían mínimas. Todo el mundo quería algo mejor que lo que había visto a sus padres. No trato de anhelar aquel pasado que ni siquiera yo viví inmerso en mi educación. Seguro que la motivación de los alumnos era especial. Pero también lo era el rigor, la disciplina, la cultura del esfuerzo transmitida inconscientemente por la sociedad. Ni mejor ni peor, distinto el momento que nos toca vivir, no gozan nuestros adolescentes de las mejores motivaciones, pero si de las mejores oportunidades y los mejores recursos conocidos en la historia de la humanidad. Entonces, ¿qué nos pasa? No acertamos a dar la nota de entonación adecuada. Y muchos son los factores. Las políticas de los últimos años no han ayudado en absoluto a favorecer la motivación del alumnado. Se han blindado los derechos para aparentar que en la sociedad actual cualquier mindungui pueda llegar a ser héroe. Falso. No es verdad. Al final la historia acaba poniendo a cada uno en su lugar y lo extraño es que brilles con luz propia cuando sólo eres un satélite. El conglomerado social y familiar han acabado por confundir a las generaciones de adolescentes más recientes. ¿Alguien se ha molestado en definir un orden de valores y prioridades? No. Bueno..., si. Pero a los pocos que se le ha ocurrido algo así nos los hemos cargado. Pensemos. La Iglesia Católica se ha mantenido inamovible en una serie de valores y criterios válidos, pero ¿de dónde venían? de la Iglesia. Y como venían de esa institución los tachamos de dogmatismos trasnochados, argumentos retrógados, etc... ¿No nos habremos equivocado? Aunque no comulgues con una institución, ¿qué tiene de malo aprovechar lo válido? Nuestros abuelos. Las niñeras del XXI, ya nos lo advirtieron. Esto de la tecnología está muy bien, pero ¿no estaréis descuidando cosas realmente importantes? ¡Cuántas veces hemos oído esto a los mayores! Una cada día, seguro. Pero no hemos hecho caso. Las crisis suelen purificar los desmanes, tanto los económicos como los sociales, pero también los que afectan a la pirámide de los valores personales y sociales. En este tiempo necesitamos estimular la recuperación de valores, afianzar el crecimiento personal y social y fomentar la motivación por el estudio. Quizá por ello no entiendo que quien pague el pato de los recortes económicos sea el sistema educativo. Lo siento, pero ello sólo hará que nos adentremos en una crisis mayor, con peores soluciones y a más largo plazo. Hacer responsable del déficit a la educación en vez de a las decisiones económicas y políticas es asestar un golpe mortal al mayor capital de un estado. No entiendo la cantidad de exigencias burocráticas, económicas, fiscales y sociales que asedian la vida de la escuela si los comparo con el escaso valor que la clase política española le guarda a la institución educativa.

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